
El presidente colombiano Gustavo Petro, responde con firmeza al jefe del Pentágono y le recuerda que la lucha contra el narcotráfico no se gana con bombas, sino atacando el lavado de dinero en los bancos de Estados Unidos.
La relación entre Colombia y Estados Unidos acaba de entrar en su momento más crítico de las últimas décadas. Y no es para menos. Cuando el Secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, sugirió desde Miami que su país está listo para intervenir unilateralmente contra los cárteles latinoamericanos, encendió todas las alarmas en Bogotá.
Pero lo que quizás no esperaba el alto funcionario era la respuesta que recibió: contundente, históricamente documentada y profundamente soberana.
El choque de visiones sobre la lucha antidrogas
Gustavo Petro no se limitó a rechazar la posibilidad de una intervención. Fue más allá. Le recordó a Hegseth que Colombia lleva cincuenta años librando una guerra que no ha hecho más que dejar un millón de muertos en América Latina, mientras el dinero del narcotráfico sigue fluyendo sin problemas hacia el sistema financiero del norte.
“Estados Unidos no necesita ir solo a acabar los carteles porque no sabría hacerlo bien”, sentenció el mandatario. La declaración de Hegseth, realizada durante la primera “Conferencia de las Américas contra los Cárteles” en Miami, había instado a los países latinoamericanos a adoptar un enfoque más agresivo, advirtiendo que Washington estaría listo para “pasar a la ofensiva en solitario si es necesario”.
Esta postura se enmarca en una creciente militarización de la lucha antidrogas, donde Estados Unidos ha llegado a designar a cárteles de México y Venezuela como organizaciones terroristas extranjeras.
El antecedente del Pacífico: ¿crimen de guerra?
Esta no es una disputa improvisada. Tiene raíces profundas y recientes. Apenas en octubre de 2025, Petro acusó directamente a Hegseth de cometer un “crimen de guerra” tras un ataque de la marina estadounidense contra lanchas en el Pacífico colombiano que dejó catorce muertos.
Mientras Washington celebraba el operativo como un golpe al narcotráfico, Petro contrastaba esa acción con un reciente decomiso de casi ocho toneladas de cocaína realizado por la Armada colombiana cerca de Europa. Su mensaje fue claro: “No matamos a nadie”.
Esta acusación, que calificaba los hechos como “asesinatos” y denunciaba el “uso desproporcionado de la fuerza”, refleja una visión diametralmente opuesta a la estrategia de “poder duro” que promueve la administración Trump.
Hegseth ha justificado sus acciones citando que “más de 1 millón de estadounidenses” murieron por sobredosis de fentanilo y cocaína. En contraste, Petro recuerda el millón de latinoamericanos asesinados por la violencia del narcotráfico, planteando así una visión más equilibrada del conflicto.
Colombia: de aliado incondicional a crítico frontal
Para entender la magnitud de esta respuesta, es necesario contextualizar la histórica relación entre ambos países. Desde el Plan Colombia, concebido a finales de los años 90, Colombia ha sido el principal aliado de Estados Unidos en la región.
La asistencia militar superó los 10 mil millones de dólares, convirtiendo al país en el mayor receptor de ayuda estadounidense en el hemisferio.
Durante gobiernos anteriores, una insinuación como la de Hegseth habría sido recibida con silencio cómplice o con una oferta inmediata de bases militares. Sin embargo, la administración Petro representa un quiebre.
Su eslogan de “Paz Total” y su crítica constante a la fracasada guerra contra las drogas chocan frontalmente con la retórica belicista que históricamente ha emanado de Washington.
Las heridas abiertas en la relación bilateral
Este nuevo capítulo de tirantez diplomática se desarrolla sobre un fondo de relaciones ya complejas. En septiembre de 2025, el Pentágono retiró a Colombia —considerada el mayor productor mundial de cocaína— de la lista de países que colaboraron en la lucha antidrogas, un gesto de claro malestar.
Semanas después, Estados Unidos incluyó en la llamada ‘Lista Clinton’ al propio presidente Gustavo Petro, a su esposa Verónica Alcocer, a su hijo Nicolás Petro y al ministro del Interior, Armando Benedetti, por presuntos vínculos con el narcotráfico, una acción que el gobierno colombiano calificó como infundada.
A pesar de estas tensiones, Petro ha mantenido canales de diálogo abiertos. En su reunión del 3 de febrero en la Casa Blanca con Donald Trump, uno de los temas centrales fue precisamente el narcotráfico. Allí expuso su visión de adelantar un programa de sustitución de cultivos con verificación científica independiente.
La propuesta de Petro: atacar el dinero, no los cuerpos
La diferencia de enfoques no podría ser más profunda. Para Hegseth, la guerra contra las drogas se gana con poder de fuego. Para Petro, esa estrategia ya demostró su fracaso. Por eso su propuesta apunta a lo que realmente duele a las organizaciones criminales.
Persecución del lavado de activos: El presidente colombiano apunta directamente al talón de Aquiles del narcotráfico: el dinero. Los cárteles han logrado infiltrar el sistema financiero global, y Petro propone una colaboración mucho más profunda de agencias como el Departamento del Tesoro y la DEA para seguir la pista del dinero sucio que fluye hacia bienes raíces, empresas fantasma y criptomonedas en territorio estadounidense.
Responsabilidad compartida en el consumo: Históricamente, Estados Unidos ha presionado a los países productores mientras trataba el consumo interno como un asunto de justicia penal. Petro insiste en tratarlo como un problema de salud pública, una postura que implicaría una reducción drástica de la demanda y un cambio cultural monumental.
Desmilitarización del conflicto: Al mencionar que no quiere “misiles y bombas”, Petro rechaza la posibilidad de que Colombia vuelva a ser campo de batalla de una guerra que no le pertenece. La posibilidad de bombardeos selectivos o incursiones de fuerzas especiales en territorio colombiano es una línea roja que el mandatario traza explícitamente.
Reacciones divididas en el espectro político
La respuesta del presidente ha generado un torbellino de reacciones en Colombia. Sectores de la oposición, liderados por la senadora María Fernanda Cabal, calificaron la declaración de Petro como “populista e irresponsable”. “Mientras el presidente juega a ser influencer, los grupos armados ilegales se fortalecen en la frontera. Necesitamos a EE. UU. como aliado, no lo alejemos”, afirmó.
Analistas internacionales ven la jugada de Petro como un movimiento arriesgado pero calculado. “Está apelando directamente a un sector del Partido Demócrata y a las organizaciones de derechos humanos en EE. UU. que también son críticas con la guerra contra las drogas”, explicó la politóloga Sandra Borda.
En Washington, el Pentágono guarda silencio por ahora. Fuentes no oficiales citadas por CNN en Español indican que la respuesta de Petro “tomó por sorpresa” al equipo de Hegseth, quien esperaba una respuesta más institucional.
El dilema de las regiones cocaleras
Mientras tanto, en las remotas regiones de Putumayo, Caquetá y Nariño, donde la coca sigue siendo la única moneda de cambio para comunidades olvidadas por el Estado, la noticia se recibe con escepticismo.
La guerra retórica entre Bogotá y Washington parece lejana, pero las decisiones que de ella emanen determinarán si estas regiones seguirán siendo el campo de batalla de una guerra fallida o si, por fin, se abordarán las profundas desigualdades que alimentan el conflicto.
Reflexión final: Quizás lo más profundo de esta disputa no sea el choque de egos entre dos funcionarios, sino la pregunta de fondo que plantea Petro: ¿hasta cuándo seguirá el norte combatiendo el narcotráfico únicamente en el sur? Mientras el dinero sucio encuentre refugio seguro en bancos del primer mundo y el consumo siga tratándose como problema judicial y no de salud pública, la guerra estará perdida de antemano.
Colombia lo sabe por experiencia propia. Cincuenta años y un millón de muertos después, tal vez sea hora de escuchar otras voces. La soberanía se respeta, pero la cooperación verdadera se construye desde el reconocimiento de que este flagelo no entiende de fronteras ni se vence únicamente con pólvora.
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