
Apenas ayer, 18 de octubre de 2025, el aire en El Bordo, Cauca, volvió a vibrar con ese zumbido inconfundible de los drones cargados de muerte. Dos granadas lanzadas desde el cielo impactaron contra la estación de Policía. Un uniformado resultó herido por esquirlas. Fue el cuarto ataque en menos de dos meses en este mismo municipio. Pero no fue el primero en cobrar vidas. El 3 de septiembre, en Piedra Sentada, un artefacto similar segó la vida del subintendente Jeiner Lucumí Caracas, de 34 años, y dejó tres civiles heridos.
Hoy, con los drones, el cielo es la nueva frontera del terror.
La indignación no basta. La frustración crece. Y la incertidumbre se instala como una sombra permanente. Porque lo que ocurre en el suroccidente colombiano no es una espiral de violencia aislada. Es una guerra asimétrica, tecnológica y despiadada, librada con herramientas que cualquiera puede comprar en internet por menos de cinco millones de pesos.
Leer: Incautación récord: 304 kilos de cocaína en “narco-bus” en Cundinamarca
El Patía: el corredor estratégico que todos quieren controlar
El municipio de El Patía, cuya cabecera es El Bordo, no es un escenario casual. Es un corredor geográfico vital disputado por al menos cuatro estructuras armadas: el Frente Carlos Patiño y el recién emergido Frente Andrés Patiño (ambos disidencias del EMC), la Segunda Marquetalia y el ELN.
Su valor estratégico es indiscutible: está sobre la vía Panamericana, la principal arteria entre el sur y el centro del país; es la puerta de entrada al cañón del Micay, donde el Informe de la ONU sobre cultivos ilícitos en Colombia (UNODC) ha documentado más de 10.000 hectáreas de coca; ofrece salida directa al océano Pacífico, clave para el tráfico marítimo de drogas; y alberga minería ilegal de oro en el río Patía, otra fuente de rentas ilícitas.
El alcalde Jhon Jairo Fuentes Quinayas lo ha denunciado hasta el cansancio: “Cada vez que hay operativos militares en el Micay, la violencia rebota en El Patía”. Y esa violencia ya no se limita a emboscadas en la montaña. Ahora, llega desde el aire, sin rostro, sin aviso, sin piedad.
Leer: Proteína y masa muscular después de los 50: guía esencial para envejecer con fuerza
Cronología del terror: cuando el zumbido de los drones se volvieron rutina
Los ataques con drones en El Patía han seguido un patrón de escalada implacable. Según reportes de prensa nacional y fuentes institucionales, la secuencia es aterradora:
31 de agosto de 2025: La estación de Policía de El Bordo es atacada con drones. Tres uniformados resultan heridos, uno de gravedad.
3 de septiembre de 2025: Un dron impacta la subestación de Piedra Sentada. El subintendente Jeiner Lucumí Caracas muere días después por las heridas. Tres civiles son lesionados.
2 de octubre de 2025: Un dron explota en pleno centro de El Bordo, hiriendo a tres civiles: dos transeúntes y una contratista municipal.
18 de octubre de 2025: Dos granadas lanzadas desde drones caen dentro de la estación de Policía de El Bordo. Un policía es herido por esquirlas.
Esta no es una serie de incidentes aislados. Es una táctica deliberada para debilitar la presencia estatal, sembrar el pánico y castigar a la población civil por su supuesta “colaboración” con las autoridades.
Peor aún: en Jamundí (Valle del Cauca), un ataque similar se convirtió en castigo colectivo. Tras negarse líderes comunales a organizar una protesta contra el Ejército, las disidencias lanzaron un dron bomba contra un caserío. Dos niños resultaron heridos.
Víctimas duales: policías y civiles en la mira.
Leer: Blessd acusado de secuestro y tortura en Medellín: denuncias que sacuden al reguetón
En esta nueva guerra, no hay líneas de frente. Solo hay víctimas.
Los uniformados viven en estado de alerta constante. En El Bordo, duermen con el oído atento al cielo. Saben que un dron puede llegar en cualquier momento, sin exponer al atacante, sin dar tregua. Las heridas físicas se suman a las psicológicas: ansiedad, insomnio, trauma.
Pero los civiles son los más vulnerables. No portan chalecos antibalas. No tienen refugios antiaéreos. Van al mercado, llevan a sus hijos a la escuela… y de pronto, el zumbido se convierte en explosión.
El alcalde Fuentes lo resume con una palabra: “zozobra”. Una zozobra que paraliza la vida, vacía las calles al anochecer y hace que los niños miren al cielo con miedo.
Un Estado desbordado: entre la reacción tardía y la ceguera estratégica
Ante esta ofensiva, la respuesta del Estado ha sido lenta y fragmentada. Se han anunciado inversiones por más de 20.000 millones de pesos en sistemas antidrones. En el Congreso, hay dos proyectos de ley para regular el uso de estas aeronaves.
Pero organizaciones como la Fundación Karisma – Tecnología, derechos humanos y política pública en Colombia advierten que el enfoque es erróneo. Los drones no entran por canales legales, sino por contrabando desde Venezuela y Ecuador. Peor aún: las disidencias ya fabrican sus propios drones con impresoras 3D y componentes comprados en línea.
Regular la venta en Colombia es inútil si el enemigo los produce en talleres clandestinos. Además, ninguna propuesta legislativa regula el uso de drones por parte del Ejército o la Policía, abriendo la puerta a abusos sin supervisión.
Mientras el Estado debate en Bogotá, en El Patía el zumbido sigue sonando.
La guerra del futuro ya está aquí —y es barata
Lo más aterrador de esta nueva modalidad de violencia es su accesibilidad. Un dron comercial cuesta menos que un fusil. Se modifica en un taller, se opera desde un celular y no requiere entrenamiento militar. Solo maldad y determinación.
Leer: Fundación Karisma – Tecnología, derechos humanos y política pública en Colombia
Como advierten expertos en derecho internacional, “la guerra con drones va más rápido que el derecho”. Colombia carece de un marco legal que defina estos ataques como crímenes de guerra, ni de protocolos humanitarios para proteger a la población civil frente a amenazas aéreas no convencionales.
Mientras tanto, los “droneros” —una nueva figura en las filas ilegales— se convierten en asesinos a distancia, sin riesgo, sin remordimiento.
Conclusión: cuando el cielo ya no es seguro
La muerte del subintendente Jeiner Lucumí Caracas no debe ser recordada como una estadística. Debe ser un grito de alarma nacional.
Porque lo que ocurre en el Cauca no es un problema regional. Es un presagio. Es la guerra del futuro, ya presente, ya letal, ya cotidiana.
Leer: Informe de la ONU sobre cultivos ilícitos en Colombia (UNODC)
Indignación: porque un joven policía murió defendiendo un puesto en un rincón olvidado del país.
Frustración: porque el Estado sabía del riesgo y no actuó con la urgencia que la vida exige.
Incertidumbre: porque mañana, en cualquier municipio del Pacífico, del Catatumbo o del Bajo Cauca, el zumbido podría sonar de nuevo.
El cielo ya no es neutral. Ya no es libre. Ya no es seguro. Y mientras los drones sigan volando sin control, ninguna comunidad podrá vivir en paz.
Para Noticolombia.net
eKarrillop



