
La confirmación de la muerte de Alejandro Carranza Medina ha desatado una crisis diplomática Colombia Estados Unidos pescador que trasciende los comunicados oficiales y los titulares de prensa. Porque detrás de esa frase técnica —“crisis diplomática”— hay un hombre que salió a pescar para alimentar a sus tres hijos, una lancha inmóvil en medio del Caribe, un bombardeo sin advertencia y una familia que supo de su muerte por las redes sociales. No hubo llamada del consulado, no hubo cuerpo para enterrar, no hubo explicación digna. Solo escombros, silencio y una pregunta que se repite en cada rincón costero: si a él le pasó, ¿por qué no me pasará a mí?
Crisis en lancha varada, no un barco en fuga
Alejandro, conocido como “Coroncoro” en su corregimiento de Gaira, no era un personaje de ficción ni un símbolo abstracto. Era un pescador artesanal, de esos que madrugan antes del sol, reparan sus redes con las manos agrietadas y regresan al atardecer con lo que el mar les permite llevar. El domingo 14 de septiembre zarpó desde La Guajira en su lancha tipo “Eduardoño”, una embarcación común en el Caribe colombiano, hecha de madera y esfuerzo. Nunca regresó. Lo que sí llegó fue una noticia fría: una operación antidrogas estadounidense había bombardeado una embarcación sospechosa. Con el tiempo, testigos, imágenes y testimonios confirmaron que esa embarcación era la suya.
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Audenis Manjarres, familiar de la víctima, quien relató que Carranza era un pescador de toda la vida, nacido en Santa Marta, y que el día del bombardeo solo buscaba su sustento diario.
“Somos criados de familias pescadoras, y pues él estaba ahí porque era una persona curiosa, revisando los motores. Ellos estaban varados, y no es justo que lo hayan bombardeado de esa manera. Eran personas inocentes que salen a buscar el pan de cada día. No es justo lo que estamos viviendo”, declaró.
Manjarres agregó que en los videos conocidos se observa a dos hombres tratando de reparar los motores de la lancha y, según los pescadores locales, uno de los motores estaba levantado, una señal clara de que la embarcación se encontraba a la deriva y con problemas mecánicos.

Las pruebas son contundentes. Imágenes satelitales y materiales obtenidos por periodistas muestran la lancha con uno de sus motores sumergido y el otro levantado —una postura inequívoca de que estaba a la deriva, inmovilizada, en plena reparación. No huía. No maniobraba. Simplemente flotaba, como tantas veces lo hacen los pescadores cuando el motor falla. “Él estaba ahí revisando los motores varados y los bombardearon de esa manera. Es injusto”, dice Audenis Manjarrés, prima de Alejandro, con una mezcla de dolor y rabia contenida. No pide venganza. Pide justicia. Y sobre todo, verdad.
La versión que nadie ha probado
El gobierno de Estados Unidos sostiene que la operación formaba parte de su lucha contra el narcotráfico y que en los restos de la embarcación hallaron “indicios de carga ilícita”. Pero hasta hoy, no ha presentado una sola prueba pública. Ni un gramo de cocaína, ni un documento, ni una foto verificable. Solo afirmaciones genéricas que contrastan con lo que ven los ojos de quienes conocían a Alejandro: un hombre que, tras un pasado complicado, había vuelto a la pesca como único medio de vida. Su madre, Carmela Medina, lo defiende con la firmeza de quien conoce el alma de su hijo: “Mi hijo no era delincuente. Pescaba para comer”.
Y en eso radica la tragedia más profunda: que un error —o una decisión arbitraria— pueda borrar una vida entera sin siquiera permitirle un funeral. Sin un cuerpo, sin una causa clara, sin un acto de reconocimiento. Solo la palabra de un Estado extranjero que dice: “era un blanco legítimo”.
El miedo que se queda en la orilla
Esta no es solo la historia de un hombre. Es la de cientos, quizás miles, de pescadores artesanales en el Caribe colombiano que ahora miran el horizonte con temor. Antes, el mar era su sustento. Hoy, es una zona de riesgo. “Ya no sabemos si pescar es un oficio o una sentencia”, confiesa un pescador de Riohacha bajo condición de anonimato. Porque si una lancha inmóvil, con motores levantados, puede ser confundida con un barco narco, ¿qué garantiza que no les ocurra a ellos? No llevan insignias, no tienen radares militares, no emiten señales codificadas. Solo tienen redes, anzuelos y la esperanza de regresar a casa.
Las comunidades costeras están en silencio, pero no por resignación. Por miedo. Porque han visto cómo la militarización del Caribe ha convertido su oficio ancestral en un acto de valentía —o de desesperación.
Ver: Comando Sur de los Estados Unidos (U.S. Southern Command – SOUTHCOM)
Soberanía herida, dignidad exigida
La indignación del presidente Gustavo Petro no es retórica. Es la voz de un Estado que siente que su soberanía ha sido violada. Petro ha calificado el bombardeo como un “asesinato” y ha exigido explicaciones formales a Washington. Ha ido más lejos: solicitó a la Organización de las Naciones Unidas abrir una investigación penal internacional. No lo hace por confrontación, sino por principio. Porque si un país extranjero puede atacar embarcaciones en aguas colombianas sin identificación previa, sin protocolo de interdicción marítima, sin dar opción a rendirse, entonces la soberanía deja de ser un derecho y se convierte en una ilusión.
El debate no es si Alejandro era inocente o culpable. El debate es si un Estado puede decidir, unilateralmente, quién vive y quién muere en aguas que no le pertenecen.
Un pasado que no define un destino
Sí, Alejandro tuvo un pasado. Entre marzo y septiembre de 2015 estuvo vinculado al robo de 264 armas del almacén de evidencias de la Sijín en Santa Marta. Fue el único civil entre los siete implicados y aceptó cargos por concierto para delinquir, peculado y hurto agravado. Su familia asegura que el caso fue archivado y que desde entonces se dedicó exclusivamente a la pesca. Pero incluso si ese pasado no se hubiera cerrado del todo, la pregunta sigue en pie: ¿acaso un antecedente judicial justifica un bombardeo letal sin juicio, sin aviso, sin posibilidad de defensa?
El derecho internacional es claro: ningún Estado puede ejercer fuerza letal en aguas de otro sin consentimiento, especialmente contra civiles. Y eso es lo que está en juego aquí: no quién era Alejandro, sino qué dice este episodio sobre el respeto —o la falta de él— por la vida y la soberanía de los más vulnerables.
Ver: Carta de la ONU sobre uso de la fuerza
El duelo que no termina
En Gaira, el dolor es cotidiano. El padre de Alejandro sigue tejiendo atarrayas en el patio de su casa, como si cada nudo fuera una forma de mantenerlo vivo. No habla mucho. Solo teje. Su madre, Carmela, repite una y otra vez que su hijo no tenía vínculos con el narcotráfico. Lo dice no para defender una imagen idealizada, sino para reclamar el derecho a que su hijo sea recordado como era: un hombre que trabajaba, que fallaba, que intentaba reconstruirse. Tres hijos menores ahora crecerán sin su padre, con una historia que nadie les ha contado con claridad, porque ni siquiera hay un acta de defunción basada en evidencia forense.
No hubo ceremonia. No hubo ataúd. Solo el vacío de una silla vacía en la mesa y el silencio de una lancha que ya no zarpa.
Ver: Leer: Organización de las Naciones Unidas (ONU)
Consecuencias que no reparan vidas
Mientras tanto, en Washington, las consecuencias también se sienten. Fuentes del Pentágono han confirmado que el jefe de operaciones del Comando Sur habría presentado su renuncia, en medio de desacuerdos internos sobre la estrategia militar en el Caribe. Pero esas renuncias no devuelven vidas. No reparan el daño a la confianza entre naciones. Y mucho menos calman el miedo en las comunidades costeras, donde cada vez que una lancha zarpa, las familias rezan para que no sea la próxima en aparecer en un comunicado como “blanco neutralizado”.
Más allá de un conflicto diplomático
Lo que ocurrió con Alejandro Carranza no es un caso aislado. Es el síntoma de una militarización creciente del Caribe, donde las operaciones antidrogas se ejecutan con lógica de guerra, no con estándares de derechos humanos. Donde la presunción de inocencia se pierde en el ruido de los misiles. Donde los pescadores —los más expuestos, los menos protegidos— pagan el precio de una política que los ve como riesgo, no como personas.
Esta crisis diplomática Colombia Estados Unidos pescador no se resolverá con notas diplomáticas frías ni con declaraciones de “profundo pesar”. Se resolverá cuando haya transparencia. Cuando se presenten las pruebas. Cuando se reconozca si hubo un error —y se asuman las consecuencias. Y sobre todo, cuando se garantice que ningún pescador tendrá que temer que salir a faenar sea una sentencia de muerte.
Porque al final, lo que duele no es solo la muerte de Alejandro. Es saber que cualquiera de nosotros, o alguien que amamos, podría estar en esa lancha. Con los motores varados. Con las manos en las redes. Con la esperanza de volver a casa. Y que, sin aviso, sin razón, sin justicia, todo eso pueda desaparecer en una explosión que ni siquiera se consideró necesario investigar con urgencia.
Eso es lo que convierte esta noticia en algo más que un conflicto entre gobiernos. Es un espejo. Y en ese espejo, cualquiera puede verse.



