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El caso del pescador Alejandro Carranza Medina parece sacado de una novela de realismo mágico, pero sin la magia. Lo presentan como un hombre sencillo que salió a pescar para su sustento y terminó bombardeado por una operación estadounidense. Sin embargo, los hechos materiales cuentan otra historia muy distinta.
Lancha de pescador, que no pesca sardinas
Carranza no iba en una canoa con redes rotas, sino en una lancha rápida tipo Go Fast, de casco en “V” profundo, eslora superior a diez metros y dos motores fuera de borda de alto rendimiento.
Cada motor cuesta tanto como una vivienda de clase media, y una embarcación completa puede superar los 300 millones de pesos. Difícil creer que alguien dedicado a la pesca artesanal pueda sostener semejante maquinaria.
Las lanchas Go Fast fueron diseñadas para operaciones de velocidad: contrabando, tráfico de drogas y transporte ilícito. Alcanzan entre 20 y 50 nudos, con cascos reforzados para largas travesías y tanques gigantes de combustible. La ironía es que, según el relato oficial, este hombre El “humilde pescador” y la lancha de los millones: el mito de Alejandro Carranza Medina
Dicen que era un humilde pescador. Un hombre de mar, de manos curtidas y rostro noble, que solo buscaba el sustento diario entre olas y sal. Pero las imágenes de su lancha, los motores rugientes y los registros judiciales cuentan una historia distinta. Una historia donde el “pescador Alejandro Carranza Medina” parece más protagonista de una operación encubierta que de una faena artesanal.
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Un pescador con una Go Fast de 300 millones
El detalle que desbarata el relato es la embarcación. Carranza no iba en una canoa ni en una chalupa de madera con redes remendadas. Iba en una lancha Go Fast, de esas diseñadas para el transporte rápido, el contrabando y el narcotráfico. Su precio ronda los 300 millones de pesos, y sus dos motores fuera de borda de alto rendimiento pueden alcanzar velocidades superiores a los 50 nudos, algo impensable para un pescador artesanal que vive al día.
Según portales especializados, este tipo de embarcaciones son el equivalente náutico de un Ferrari. No son aptas para pesca de subsistencia, sino para operaciones de alta velocidad, donde el objetivo no es lanzar una red, sino huir de un radar. De hecho, el modelo Eduardoño Go Fast ha sido incautado en múltiples ocasiones por la Armada Nacional, usualmente cargado con cocaína o contrabando.
Entonces, ¿cómo llegó el pescador Alejandro Carranza Medina a manejar un vehículo marítimo de semejante valor? ¿Y quién financia el combustible diario de semejante bestia marina, si solo buscaba el sustento?
El pasado que muchos medios olvidaron mencionar
No se trata de un desconocido para la justicia. Carranza Medina fue capturado y procesado por el robo de 264 armas de la Policía Metropolitana de Santa Marta. Era el único civil en un entramado donde participaron uniformados activos y retirados, que desviaban el armamento hacia las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como Los Pachenca.
Según el expediente judicial, Carranza aceptó cargos por ese robo. Los fiscales señalaron que las armas terminaron en manos del grupo armado, responsable de extorsiones, asesinatos y tráfico de drogas en la región Caribe. Es decir, no estamos hablando de un “pescador inocente”, sino de un hombre con antecedentes graves, que conocía bien el negocio y las rutas del mar Caribe.
Por eso, cuando los titulares lo presentan como “un humilde pescador asesinado por error”, la ironía se impone. La palabra “humilde” suena tan fuera de lugar como un crucero en una ciénaga.
La narrativa política del mártir
El caso de Alejandro Carranza Medina se convirtió rápidamente en un símbolo político y mediático. En redes sociales, líderes y comentaristas lo transformaron en el rostro del pueblo oprimido, el pescador inocente víctima de la maquinaria militar. Pero esa versión, conveniente y emocional, ignora los hechos documentados y los antecedentes judiciales.
La manipulación es evidente: convertir a un hombre con un pasado delictivo en mártir permite desviar el foco de la verdadera pregunta: ¿qué hacía Carranza en una Go Fast de lujo, navegando cerca de un operativo estadounidense?
Una lancha que no se usa para pescar
Las lanchas Go Fast son embarcaciones construidas para la velocidad y la evasión. Con motores gemelos o triples fuera de borda, tanques de combustible extendidos y cascos aerodinámicos, su propósito es claro: transportar carga ilegal a gran velocidad. No tienen espacio ni estabilidad para faenas de pesca, ni cuentan con sistemas de almacenamiento para producto marino.
Un pescador artesanal necesita redes, cavas, neveras, aparejos, boyas. Una Go Fast necesita gasolina, mapas, silencio y complicidad. La diferencia entre ambas embarcaciones es la misma que entre una bicicleta y un avión de combate.
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La contradicción en la embarcación de Carranza
Las imágenes difundidas mostraban la lancha con dos motores fuera de borda, uno levantado y el otro sumergido. Expertos en navegación indicaron que el uso de doble motor es poco común en la pesca artesanal, pero fundamental en la modalidad Go Fast, que busca potencia, autonomía y redundancia en caso de falla.
El diseño del casco en “V” profunda, típico de estas naves, permite estabilidad a altas velocidades. Y aunque algunos defensores quieran presentarla como una simple lancha pesquera, el ojo técnico no se deja engañar. Esa estructura no fue construida para pescar pargos, sino para correr por la vida y el negocio.
El silencio sobre los acompañantes
De los otros tripulantes se sabe poco o nada. Algunos medios mencionan a un hombre apodado “El Mono”, otro supuesto pescador desaparecido, también originario de San Onofre. Pero no existen registros oficiales de zarpe, permisos de pesca ni actas de capitanía que respalden la versión de que se trataba de una faena artesanal.
Ese vacío informativo alimenta la sospecha. Si era una pesca legal, ¿por qué no hay papeles, facturas de combustible, redes ni equipo? Y si no lo era, ¿por qué se insiste tanto en mantener la narrativa del pescador humilde?.
El mar como escenario del engaño
En Colombia, el mar ha sido testigo de todas las mentiras posibles: pescadores que son mulas, turistas que son narcos y humildes que navegan en motores de cien millones. El caso del pescador Alejandro Carranza Medina se suma a esa larga lista de contradicciones que intentan borrar la frontera entre víctima y victimario.
Nadie justifica la muerte de un ser humano, pero tampoco se puede romantizar a quien fue parte de una red criminal. Convertirlo en emblema es una falta de respeto para los verdaderos pescadores, los que salen en chalupas, los que remiendan redes, los que sí viven del mar y no de lo que el mar encubre.
Entre la propaganda y la verdad
El relato mediático fue hábil: presentar un rostro humano, conmover a la opinión pública y atacar la operación militar. Pero la verdad siempre termina flotando. Carranza no era un hombre cualquiera, ni su lancha un instrumento de pesca.
Era un actor con historia en un territorio controlado por grupos armados, en medio de un corredor de narcotráfico internacional.
El resultado es una fábula moderna: un país que llora al “pescador” y olvida al traficante. Una prensa que se indigna por la muerte, pero calla sobre la vida que llevó antes.
Una aclaración necesaria
No se trata aquí de justificar las acciones del presidente Donald Trump, ni de respaldar sus decisiones militares. Es el principio de respeto a la resolución sobre política de drogas aprobada por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el pasado 8 de octubre. Fue presentada por Colombia e impulsada por 35 países, entre ellos Brasil, Costa Rica, Guatemala, Alemania, España y Grecia.
Esa resolución reafirma la soberanía de los Estados en su lucha contra el narcotráfico, dentro de los límites del derecho internacional y los derechos humanos. Respetarla no significa aplaudir bombardeos, sino reconocer que la política de drogas no puede seguir dictada por la hipocresía ni por el populismo.
Ver: Resolución aprobada por el concejo de derechos humanos – ONU
Conclusión: el mito del pescador perfecto
El pescador Alejandro Carranza Medina no murió por lanzar redes al mar. Murió en una trama donde la verdad fue sustituida por el discurso. Una lancha de lujo, un pasado penal y una ruta de narcotráfico no son herramientas de un hombre humilde.
Son los ingredientes de una historia que muchos prefieren simplificar para no enfrentar el fondo del problema: la convivencia entre crimen, política y opinión pública. Y mientras tanto, los verdaderos pescadores, los que viven de verdad del mar, siguen olvidados, sin motores, sin gasolina y sin voz.



